Las cuadras que devienen desde la avenida Pueyrredón por Bartolomé Mitre y que atraviesan once hicieron que seguir leyendo fuera imposible. Los baches, la imperfecta pavimentación y el vaivén del colectivo me resentían los ojos y sentía el temor que de pronto mi retina se iba derretir y derramar sobre las páginas del libro que llevo en mis manos.
Por cierto, menos mal que saque aquel libro; “Nueve Cuentos” de J.D. Salinger, lo tengo desde que pase por el depto de Marianita Barragán y que no he devuelto por olvido. Gracias a él pude aprovechar el tiempo que una larguísima fila en el cine quería arrebatarme.
Siento un profundo amor hacia la lectura, y cada vez noto que crece dentro de mis necesidades. Me siento como el hijo “nerd” de C.R.A.Z.Y. que no puede parar de leer; leo los ingredientes de lo que como, la información nutricional, todo aviso que vea en el subte, revistas, horóscopos viejos, diarios pasados, no puedo evitarlo, siento que si no leyera estaría arrebatándome la oportunidad de aprender algo… así sea pura mierda.
Bueno, pero volviendo al 151 que me llevaba de vuelta a casa después de ver Harry Potter 6 —y darme cuenta que el “Half-blood prince” era nada más y nada menos que “Canon Severus Snape” ( Nunca me lo espere)— y en vista de que el continuo vaivén no cesaba y me impedía seguir leyendo, empecé entonces a pensar en esto que escribo ahora… en un momento el recuerdo del entonces maestro y ahora amigo Cristian Cárdenas se apodero de mi. Esas eternas clases de literatura que recibíamos a los 14 años en el Liceo Campestre, y que de un momento a otro transformaron el repudio que le tenía a esa cátedra por una intensa curiosidad que saciaba cuando él con escasos 26 años bonachonamente entraba al aula y con su particular “pedagogía” me iluminaba el cerebro y no tanto el de algunos de mis otros compañeros quienes prendían su atención en otras actividades no tan académicas. Sus frases celebres como “Bruta la cartera”, “Yo quiero morir leyendo”, “me tome un molotov y la mande a la mierda” y “tengo libros hasta en el baño” me arrebataban en ese entonces una carcajada, ahora en cambio siento una gran admiración; yo ahora entiendo que cuando mis compañeros de clase me decían —Burralá (osea yo) pregúntele pues, pregúntele bobadas— yo saciaba mi curiosidad preguntándole sobre historia del arte, filosofía, política y otra gran cantidad de cátedras y quedaba embelesado al ver que contestaba a la perfección y se extendía lo que fuera necesario. Mientras tanto mis amigos aprovechaban el tiempo perdido de clase y jugaban a las cartas, dormían en el suelo o se escabullían de la clase para jugar futbol. Le saque un provecho enorme a sus clases, lamentablemente el colegio era una perdición, él recibió una mejor oferta y no vacilo en tomarla.
Pero el destino nos volvería a encontrar cuando a una semana de partir hacia Buenos Aires, en una tangueria llamada “El Cuartito Azul”, mis padres se encontraron con él y llamándome al celular me comentaron que el estaría gustoso de hablar conmigo. Así pues después de 5 años volví a verlo, esta vez yo era otra persona por así decirlo, había tenido un par de experiencias en Bogotá que cambiaron mi forma de pensar y de ver el mundo. Al entrar a saludarlo vacilé un poco, busque la manera más formal de presentarme; pero el desprovisto de formalismos me dio un amable saludo me brindo un trago y se dio el gusto de revolcar su memoria y acordarse que yo era su mejor alumno o por lo menos el que tenía un grado de conciencia e interés más definido que el resto —esto me alago pero me hizo sentir avergonzado puesto que soy bastante modesto— hablamos muchísimo bebimos su “Brandy bendito”, él en su lucida ebriedad se regocijaba al escucharme hablar de cosas que a lo mejor a mi no me parecían tan brillantes en mi manera de pensar y de expresarme, pero que para él como docente era lo que más le gustaba ver en sus alumnos y no lo encontraba mucho. La pasión.
Terminamos esa noche en el bar de “Charrejo” un lugar que me maravillo por su sencillez y su falta de decoro, que a su vez enaltecía su valor estético para mi gusto. Era un bar de poetas me comentaba Cristian, de intelectuales, poco concurrido; seguimos con el brandy y hablando de la cultura Cartagueña. Me presentaron “La Cantarrana” un diario de poetas que salía quincenalmente y que para mí siempre fue desconocido, no pude evitar mi sorpresa y admiración para con ellos. Charrejo entonces me regalo un libro de poesía, específicamente Haiku que es una forma tradicional de poesía Japonesa, pero que para mi sorpresa escribía Fernando López Rodríguez un profesor de un colegio público, el Nacional Académico y que había sido reconocido a nivel internacional yo seguía ignorante del talento que iba conociendo en mi pueblo. Termino la noche con este bello recuerdo. Leí los poemas al siguiente día en treinta minutos. Había quedado pendiente una cita con el profesor Cárdenas. Pues quería que pasara por su casa a retirar un libro de su biblioteca, el me recibió informalmente en pantaloneta y sandalias, con un trago en la mano me dijo “agarre lo que quiera mijo”. Después de meditar mucho agarre las tragedias de Eurípides el sonrió y me escribió una cita de la cual no recordaba su autor. “Juan Manuel el arte nos evita morir de realidad, este es un detalle de mi profundo cariño” y así partí a mi casa al otro viajaba a Buenos Aires… Pero volviendo al colectivo a más de 1 año del encuentro con el prof, como saliendo de una ensoñación que me había poseído me acababa de percatar que me había pasado 2 paradas.
¡¡Puta!! Refunfuñe, pero me calme al instante y pensé que todo esto fue un lindo recuerdo y decidí estuviera escrito en algún lugar.
Ahora pensándolo bien, me parece que yo también quisiera morir leyendo como dice el profe Cárdenas.
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