Hola!
De nuevo el destino viene haciendo de las suyas jeje, y pues aquí hay varias cosas intrascendentes que a mí me gusta contar.
La semana pasada después de hacer mil maniobras para retirar un plan telefónico que cuando me lo ofrecieron me lo activaron en diez minutos y para retirarlo por teléfono no podía y me toco irme al “Centro de experiencia del Cliente” un lugar plástico, prefabricado y un poco carente de vida que te da la sensación de que oprimís un botón y todo el local se desarma y queda comprimido de pronto en una cajita de 2x4. Fui atendido por la señorita Sabrina que tenía unos ojos azules grandes preciosos y un pelo negro oscuro y piel blanquita como me gusta a mí. Pre cio sa. Me hacía pucherito y me ofrecía otro plan, un descuento, que le dejara mi celular a alguien, un montón de cosas. Me negué durante una hora y termine diciéndole que por favor no me ofreciera ningún otro plan que estaba ya un poco cansado de tantas vueltas, “vos no tenés la culpa mi amor, el servicio estuvo muy bien todo muy lindo muy hermoso, pero yo no pienso dejarle el celular a nadie primero por que me voy del país segundo por que no pienso pagar un celular si ni siquiera voy a usarlo. Quédate tranquila que cuando vuelva me activo en otro plan, y disculpa mi tono antireflexivo” después de todo esto me tramito el cambio de plan.
El caso es que salí de ahí, con ganas de caminar unas cuadras, y de casualidad entre a una galería di una vuelta mire todo muy bonito, muy caro y me fui sin darme cuenta que justo a esa galería iba a volver en búsqueda del podólogo que me atendió hoy, y con el cual aprendí mucho sobre el cuidado de los pies, de cómo cortar las uñas, de cómo iba a proceder a desencarnarla, le pregunte de todo, jeje soy así preguntona. Bueno y también confieso que me bajo mucho la ansiedad y el pensar que se me puede gangrenar el dedo gordo y que me lo van a cortar y todas esas cosas que se te cruzan por la cabeza cuando no tenés una Obra Social, También me dio satisfacción ver que todo mi trabajo intuitivo con bolitas de algodón para tratar de desencarnar la uña funcionó! Jeje! Eso me hizo sentir muy bien!. En fin, son muchas cosas intrascendentes para muchos las que a mí me encantan, por ejemplo hoy el podólogo, la peluquería, esperar el tren, tomarme el café solo, bañarme sentado, estar con alguien al lado y no hablar por mucho tiempo, mirar a la gente y pensar que es de su vida, de que trabaja, que le gusta comer, estado civil, perversiones, hobbies; Eso me ocupa la cabeza en el transporte publico por ejemplo, igual ya estoy un poco harta. Quiero una moto… quiero tener libertad de movimiento, unos dicen que me puedo matar, no sé que tanto soy tan fanatica de las normas de seguridad que ser irresponsable en ese sentido no me lo permitiría jamás! Jeje. En fín voy a ver si el año que viene la compro a crédito.
Bueno… no sé que más decirte. Te mando un beso grande!, escríbeme pronto!!
Chau!
María.
martes, 23 de noviembre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
Una historia de mujeres olvidadas Por: Umberto Eco
Recientemente descubrí en la red una enciclopedia de mujeres, muchas de las cuales han sido olvidadas injustamente por la mayoría de los historiadores.
Hay una excepción: en su libro de 1690, Historia de mujeres filósofas, el
académico francés Gilles Menage escribió acerca de Diotima la Socrática,
Areté la Cirenaica, Nicarete la Megariana, Hiparquia la Cínica, Teodora la
Peripatética, Leontia la Epicúrea y Temistóclea la Pitagoraniana, acerca de
quienes conocemos muy poco. Y lo correcto es que muchas de estas mujeres
deban ser rescatadas del olvido.
No obstante, lo que realmente falta es una enciclopedia de esposas.
Frecuentemente se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer,
desde el emperador bizantino Justiniano y su esposa Teodora (la ex actriz)
hasta Barack y Michelle Obama. Es curioso que nunca se diga lo opuesto:
no hablamos acerca del “hombre detrás” de la gran Isabel I de Inglaterra, por
ejemplo, o de su contemporáneo compañero viudo, de largo reinado. Pero
pocas veces, si es que alguna, las esposas reciben la atención que merecen.
En las historias de la antigüedad clásica y posteriormente, se dedica más
espacio a las amantes que a las esposas. Clara Schumann y Alma Mahler, que
estuvieron casadas con los compositores Robert Schumann y Gustav Mahler,
son excepciones, pero estas mujeres causaron gran revuelo por sus amoríos
extra y postmaritales. Básicamente, la única mujer que siempre es mencionada
simplemente por ser una esposa es Xantipe, casada con Sócrates —y aún en
ese caso, sólo para decir cosas malas de ella—.
Leí recientemente un texto de Pitigrilli, escritor italiano del siglo XX, quien
atiborraba sus relatos con citas eruditas —aunque frecuentemente equivocaba
los nombres— y con anécdotas que encontraba quién sabe dónde. En
determinado punto, Pitigrilli invoca la severa advertencia de San Pablo: “Melius
nubere quam uri” o “Preferible casarse que arder con gran deseo” —un buen
consejo, incidentalmente, para los curas católicos romanos—. Pitigrilli observa también que la mayoría de los grandes, incluyendo a Platón, Lucrecio, Virgilio y
Horacio, eran solteros. Pero eso no es completamente cierto.
Puede ser verdad con Platón, quien, según Diógenes Laertius, escribía
epigramas para hombres jóvenes muy apuestos. Por otra parte, Platón aceptó
como alumnos a dos mujeres, Lastenia y Axiotea, y se asegura que había
comentado que un hombre virtuoso debería casarse. Quizá era cauteloso por el
infeliz matrimonio de Sócrates con Xantipe.
El famoso alumno de Platón, Aristóteles, casó con Pithias, y después de su
muerte se unió a quien fue su esposa o su concubina, Herpyllis. En todo caso,
Aristóteles vivió con ella como hombre y esposa, y la recordó con afecto en
su testamento. Le dio un hijo, Nicomaco, por quien, en opinión de algunos
historiadores, Aristóteles nombró su Ética Nicomáquea”.
Horacio no tuvo esposas ni hijos, pero a juzgar por sus escritos, sospecho que
se permitió algunas aventuras románticas. En cuanto a Virgilio, parece haber
sido demasiado tímido para declararse a una mujer, aunque se rumora que
tuvo una relación con la esposa de Varius Rufus. Ovidio, en contraste, se casó
tres veces.
En cuanto a Lucrecio, las fuentes antiguas nos dicen casi nada. Una breve
mención en un escrito de San Jerome pretende hacernos creer que Lucrecio
se suicidó porque una poción de amor lo volvió loco —aunque el santo tenía
interés en que un ateo como Lucrecio fuera considerado demente—. Sobre la
base de esa versión, otros adornaron el relato, añadiendo la misteriosa Lucilla,
que puede haber sido la esposa o amante de Lucrecio. En esta versión ella era
una mujer enamorada que pidió a una bruja que le elaborara la poción, en tanto
que otros aseguran que el mismo Lucrecio elaboró el brebaje; en cualquier
caso, Lucilla no sale muy favorecida. Esto es, a menos que Julius Pomponius
Laetus, humanista italiano del siglo XV, estuviera en lo correcto al decir que
Lucrecio se suicidó porque estaba enamorado de alguien más y era infeliz.
Siglos después, Dante soñó acerca de Beatriz pero se casó con Gemma
Donati —aunque nunca mencionó a esta última en sus escritos—. Todos
piensan que Descartes era soltero, ya que murió muy joven después de una
vida sumamente pintoresca. Pero sí tuvo una compañera durante algunos
años —una doncella llamada Helena Jans van der Strom, a la que conoció
en Holanda—. Oficialmente sólo reconocía a Helena como sirviente. Pero,
contrario a ciertos rumores difamatorios, él reconoció a la hija que ella le
dio, Francine, quien murió a los cinco años de edad. Según algunas fuentes,
Descartes también tuvo otros amoríos.
En pocas palabras, aparte de los religiosos, que supuestamente eran célibes, y
hombres más o menos abiertamente homosexuales como Cyrano de Bergerac
y Ludwig Josef Johann Wittgenstein, Immanuel Kant es sólo uno de los
grandes pensadores de la historia de quien estamos verdaderamente seguros
de que era soltero —los registros históricos son muy claros al respecto—.
Sorprendentemente, incluso Georg Wilhelm Friedrich Hegel estaba casado; de
hecho, parece haber sido un tanto mujeriego, con un hijo ilegítimo. Y Karl Marx,
quien estaba profundamente apegado a su esposa, Jenny von Westphalen.
Sin embargo, la tendencia persiste: ¿qué influencia tuvieron Gemma sobre
Dante, o Helena sobre Descartes, para no mencionar el enorme número de
esposas sobre las cuales la historia dice aún menos? ¿Y si todas las obras de
Aristóteles en realidad fueron escritas por Herpyllis? Nunca lo sabremos. La
historia, escrita por esposos, ha condenado a las esposas al anonimato.
Hay una excepción: en su libro de 1690, Historia de mujeres filósofas, el
académico francés Gilles Menage escribió acerca de Diotima la Socrática,
Areté la Cirenaica, Nicarete la Megariana, Hiparquia la Cínica, Teodora la
Peripatética, Leontia la Epicúrea y Temistóclea la Pitagoraniana, acerca de
quienes conocemos muy poco. Y lo correcto es que muchas de estas mujeres
deban ser rescatadas del olvido.
No obstante, lo que realmente falta es una enciclopedia de esposas.
Frecuentemente se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer,
desde el emperador bizantino Justiniano y su esposa Teodora (la ex actriz)
hasta Barack y Michelle Obama. Es curioso que nunca se diga lo opuesto:
no hablamos acerca del “hombre detrás” de la gran Isabel I de Inglaterra, por
ejemplo, o de su contemporáneo compañero viudo, de largo reinado. Pero
pocas veces, si es que alguna, las esposas reciben la atención que merecen.
En las historias de la antigüedad clásica y posteriormente, se dedica más
espacio a las amantes que a las esposas. Clara Schumann y Alma Mahler, que
estuvieron casadas con los compositores Robert Schumann y Gustav Mahler,
son excepciones, pero estas mujeres causaron gran revuelo por sus amoríos
extra y postmaritales. Básicamente, la única mujer que siempre es mencionada
simplemente por ser una esposa es Xantipe, casada con Sócrates —y aún en
ese caso, sólo para decir cosas malas de ella—.
Leí recientemente un texto de Pitigrilli, escritor italiano del siglo XX, quien
atiborraba sus relatos con citas eruditas —aunque frecuentemente equivocaba
los nombres— y con anécdotas que encontraba quién sabe dónde. En
determinado punto, Pitigrilli invoca la severa advertencia de San Pablo: “Melius
nubere quam uri” o “Preferible casarse que arder con gran deseo” —un buen
consejo, incidentalmente, para los curas católicos romanos—. Pitigrilli observa también que la mayoría de los grandes, incluyendo a Platón, Lucrecio, Virgilio y
Horacio, eran solteros. Pero eso no es completamente cierto.
Puede ser verdad con Platón, quien, según Diógenes Laertius, escribía
epigramas para hombres jóvenes muy apuestos. Por otra parte, Platón aceptó
como alumnos a dos mujeres, Lastenia y Axiotea, y se asegura que había
comentado que un hombre virtuoso debería casarse. Quizá era cauteloso por el
infeliz matrimonio de Sócrates con Xantipe.
El famoso alumno de Platón, Aristóteles, casó con Pithias, y después de su
muerte se unió a quien fue su esposa o su concubina, Herpyllis. En todo caso,
Aristóteles vivió con ella como hombre y esposa, y la recordó con afecto en
su testamento. Le dio un hijo, Nicomaco, por quien, en opinión de algunos
historiadores, Aristóteles nombró su Ética Nicomáquea”.
Horacio no tuvo esposas ni hijos, pero a juzgar por sus escritos, sospecho que
se permitió algunas aventuras románticas. En cuanto a Virgilio, parece haber
sido demasiado tímido para declararse a una mujer, aunque se rumora que
tuvo una relación con la esposa de Varius Rufus. Ovidio, en contraste, se casó
tres veces.
En cuanto a Lucrecio, las fuentes antiguas nos dicen casi nada. Una breve
mención en un escrito de San Jerome pretende hacernos creer que Lucrecio
se suicidó porque una poción de amor lo volvió loco —aunque el santo tenía
interés en que un ateo como Lucrecio fuera considerado demente—. Sobre la
base de esa versión, otros adornaron el relato, añadiendo la misteriosa Lucilla,
que puede haber sido la esposa o amante de Lucrecio. En esta versión ella era
una mujer enamorada que pidió a una bruja que le elaborara la poción, en tanto
que otros aseguran que el mismo Lucrecio elaboró el brebaje; en cualquier
caso, Lucilla no sale muy favorecida. Esto es, a menos que Julius Pomponius
Laetus, humanista italiano del siglo XV, estuviera en lo correcto al decir que
Lucrecio se suicidó porque estaba enamorado de alguien más y era infeliz.
Siglos después, Dante soñó acerca de Beatriz pero se casó con Gemma
Donati —aunque nunca mencionó a esta última en sus escritos—. Todos
piensan que Descartes era soltero, ya que murió muy joven después de una
vida sumamente pintoresca. Pero sí tuvo una compañera durante algunos
años —una doncella llamada Helena Jans van der Strom, a la que conoció
en Holanda—. Oficialmente sólo reconocía a Helena como sirviente. Pero,
contrario a ciertos rumores difamatorios, él reconoció a la hija que ella le
dio, Francine, quien murió a los cinco años de edad. Según algunas fuentes,
Descartes también tuvo otros amoríos.
En pocas palabras, aparte de los religiosos, que supuestamente eran célibes, y
hombres más o menos abiertamente homosexuales como Cyrano de Bergerac
y Ludwig Josef Johann Wittgenstein, Immanuel Kant es sólo uno de los
grandes pensadores de la historia de quien estamos verdaderamente seguros
de que era soltero —los registros históricos son muy claros al respecto—.
Sorprendentemente, incluso Georg Wilhelm Friedrich Hegel estaba casado; de
hecho, parece haber sido un tanto mujeriego, con un hijo ilegítimo. Y Karl Marx,
quien estaba profundamente apegado a su esposa, Jenny von Westphalen.
Sin embargo, la tendencia persiste: ¿qué influencia tuvieron Gemma sobre
Dante, o Helena sobre Descartes, para no mencionar el enorme número de
esposas sobre las cuales la historia dice aún menos? ¿Y si todas las obras de
Aristóteles en realidad fueron escritas por Herpyllis? Nunca lo sabremos. La
historia, escrita por esposos, ha condenado a las esposas al anonimato.